El alimento de los dioses

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—Caterham se encargará de mantenerlo a raya. Los tenderos hablaban de ello con sus clientes. Los camareros de los restaurantes se distraían un momento de su trabajo entre plato y plato para echar una ojeada a los periódicos de la tarde. Los cocheros leían la noticia inmediatamente después de la información sobre las apuestas en las carreras de caballos de la tarde decían con grandes titulares «Fugado de su residencia». Otros confiaban en un mayor efecto: «El gigante Redwood sigue viéndose con la princesa». El Echo imprimió unos titulares sensacionales: «Rumores de rebelión de los gigantes en el norte de Inglaterra» y «Los gigantes de Sunderland se dirigen a Escocia». La Westminster Gazette hizo sonar su habitual nota de advertencia: «Cuidado, gigantes», decía con el propósito de apuntarse un tanto que sirviera para unir el partido Liberal, en aquella época desgarrado por las luchas intestinas entre siete jefes intensamente egoístas. Los periódicos de última hora coincidían con gran uniformidad. «El gigante en la carretera de New Kent», proclamaban.

—Lo que yo quisiera saber —dijo el joven pálido en el salón de té— es por qué razón no tenemos noticias de los hermanos Cossar. Hay que suponer que se hallan metidos en el ajo como el que más.


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