El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Y pasando la otra pierna por encima de la valla, pareció dispuesto a saltar al suelo. Otros policÃas aparecieron detrás de él.
—Yo no tengo nada contra usted… fÃjese bien —dijo el joven Caddles, agarrando fuertemente su enorme maza de hierro y señalando al policÃa con un gran dedo flaco y expresivo—. No tengo nada contra usted, pero… ¡déjeme en paz!
El policÃa intentó mostrarse tranquilo y trivial, pero una intensa tragedia se alzaba claramente ante sus ojos.
—Déme la proclama —dijo a un acompañante invisible. Le entregaron un pequeño papel blanco.
—¡Déjeme en paz! —volvió a repetir Caddles, cada vez más indignado.
—Esto significa —dijo el policÃa antes de leer la proclama— que tiene usted que irse a casa. Váyase a su cantera. Si no obedece, le va a pesar.
Caddles profirió un gruñido inarticulado. Cuando hubo leÃdo la proclama, el policÃa hizo una seña. Cuatro hombres armados con fusiles tomaron posiciones, con afectada indiferencia, a lo largo de la pared. Llevaban el uniforme de la policÃa de asalto. A la vista de los fusiles, el joven Caddles montó en cólera. Se acordó de las picaduras producidas por las escopetas de los labriegos de Wreckstone.