El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Se mordió con más fuerza los nudillos y su ceño se frunció aún más.
—¡Y yo partiendo pizarra para ellos! —murmuró—. ¡Y todo el mundo es suyo! ¡Yo no puedo entrar en ningún sitio…!
Entonces, con un acceso de rabia, vio la forma ya familiar de un policÃa a horcajadas en la valla del jardÃn.
—¡Déjeme en paz! —gruñó el gigante—. Déjeme en paz.
—Tengo que cumplir con mi deber —repuso el pequeño policÃa, pálido, pero lleno de resolución.
—Usted me deja en paz, ¿estamos? Yo tengo que vivir, lo mismo que usted. Tengo que vivir… Tengo que comer. ¡Déjeme en paz!
—Es la Ley —dijo el pequeño policÃa sin acercarse—. La ley no la hemos hecho nosotros.
—Ni yo tampoco —replicó el joven Caddles—. Vosotros, los pequeños, la hicisteis antes de que yo naciera. ¡Vosotros y vuestras leyes podéis iros a paseo…! ¡Lo que debo hacer y lo que no debo hacer! No hay comida para mÃ, a menos que trabaje como un esclavo. No tengo reposo, ni abrigo, ni nada, y ahora viene usted y me dice que hay una ley…
—Esto no es cosa mÃa —dijo el policÃa—. Y no voy a discutir con usted. Sólo vengo a que se cumpla la ley.