El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Anduvo errabundo hasta Waltham, luego retrocedió dirigiéndose al oeste, y después, otra vez hacia Londres, llegando, por los cementerios, a eso del mediodÃa, a lo alto de Highgate, desde donde volvió a contemplar la grandiosidad de la capital. Se echó a un lado, sentándose en un jardÃn, de espaldas a una casa que dominaba Londres en toda su extensión. Estaba sin aliento, la cabeza baja. Los curiosos ya no se apiñaban a su alrededor como antes, cuando llegó a Londres, sino que lo acechaban desde el jardÃn contiguo y le atisbaban desde cautelosos lugares, a salvo. Ahora ya sabÃan que la cosa se presentaba más peligrosa de lo que habÃan creÃdo al principio.
—¿Por qué no pueden dejarme tranquilo? —gruñÃa el joven Caddles—. Tengo que comer. ¿Por qué no me dejan en paz?
Se sentó, con el semblante hosco, mordisqueándose los nudillos y mirando el panorama de Londres extendido a sus pies. Toda la fatiga, la preocupación, la perplejidad y la rabia impotente acumuladas durante sus andanzas llegaban a su culminación.
No significan nada —murmuraba—. No son nada. Y no me quieren dejar en paz, y tienen que estorbarme en mi camino.
Y una y otra vez, hablando siempre consigo, repetÃa que no «significaban nada».
—¡Ajj! ¡Qué gentecilla!