El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Y con la cabeza baja y la mirada torva, se puso a atravesar jardines destrozando el césped y derribando dos o tres vallas, mientras los policías minúsculos lo iban persiguiendo, unos por los jardines y otros por la calle siguiendo las fachadas de las casas. Entre estos últimos había uno o dos con pistolas, pero no hicieron uso de ellas. Al desembocar el gigante en Edgware Road, se produjo un nuevo movimiento entre el gentío. Un policía a caballo le pisó un pie y se vio desmontado en pago del dolor.
—Dejadme en paz —repitió Caddles enfrentándose con la embobada multitud—. No os he hecho nada…
En aquel momento iba desarmado, porque había dejado la cuchilla de la cantera en el Regent’s Park. Pero entonces el infeliz pareció haber sentido la necesidad de tener un arma. Volvió a la estación de la Great Western Railway y arrancó el poste de una alta lámpara de arco voltaico: era una formidable maza, y se la echó al hombro. Y viendo que la policía aún se empeñaba en importunarlo, volvió a Edgware Road, dirigiéndose a Cricklewood, hacia el norte.