El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Tan pronto como Caterham advirtió que el momento de coger la ortiga había llegado, tomó la ley en sus manos y envió una orden de detención contra Cossar y Redwood.
Con Redwood no hubo problema. Acababa de sufrir una operación en un costado y los médicos le habían apartado todo lo que pudiera preocuparle hasta que su convalecencia quedase asegurada. Le habían dado de alta y acababa de levantarse de la cama. Se hallaba en ese momento fuera del lecho, en un cuarto calentado por el fuego de la chimenea, con un montón de periódicos a su lado, enterándose por primera vez de la agitación que había puesto al país en manos de Caterham y de las dificultades que estaban cerniéndose sobre la princesa y su propio hijo. Era la mañana del día en que murió el joven Caddles y el policía aquél intentó detener al hijo de Redwood cuando se dirigía a ver a la princesa. Los últimos periódicos que Redwood había leído anunciaban vagamente estos acontecimientos inminentes. Redwood estaba releyendo con el corazón desfalleciente, aquellas primeras premoniciones del desastre que se acercaba. Adivinaba en ellas cada vez más perceptibles las sombras de la muerte, aunque leía para tener ocupada la mente hasta que llegasen más noticias. Cuando los agentes de policía entraron en su habitación, precedidos por el criado, levantó la vista vivamente.