El alimento de los dioses

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—Camina de un lado a otro de su cuarto —dijo el segundo oficial cuando su jefe bajó del piso superior—. Todo va bien. Paseando se despejará…

—Así lo espero —repuso el jefe—. Lo cierto es que antes no lo había visto bajo la misma luz que ahora, pero resulta que el gigante que tenía que ver con la princesa, ¿sabe usted?, es su hijo. Los dos se miraron durante un momento.

—Entonces, la cosa es fuerte para él —dijo el tercer policía. Era evidente que Redwood no había comprendido muy bien que un telón de acero lo separaba del mundo exterior. Lo oyeron acercarse a la puerta, intentar abrirla y probar el funcionamiento de la cerradura y luego la voz del oficial estacionado en el rellano diciéndole que era inútil hacer aquello. También oyeron cómo se acercaba a las ventanas y vieron que los transeúntes miraban para arriba.

—También eso es inútil —dijo el segundo oficial. Entonces Redwood empezó a tocar el timbre. El jefe subió y le explicó con mucha paciencia que no ganaría nada con tocar el timbre de aquel modo, y que si ahora lo tocaba porque sí, no le harían el menor caso luego cuando necesitara algo.

—Lo atenderemos en todo lo que sea razonable, señor —dijo el oficial—, pero si usted insiste en tocar el timbre a modo de protesta, nos veremos obligados a desconectarlo.


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