El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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—Ahí está ese individuo que ha hecho lo imposible para echarlo todo a rodar —dijo el jefe a su subordinado inmediato—. Tiene rostro de pacífico propietario rural. Ahí tiene usted al juez Hangbrow, que se desvela por tenerlo todo en orden y al día, y tiene una cara que parece de cerdo. ¡Y luego, sus modales! Uno es todo educación y finura, y el otro todo gruñidos y resoplidos. Esto demuestra, ¿verdad?, que no hay que fiarse de las apariencias, sea lo que fuere que se tenga que hacer.

Sin embargo, su discurso sobre las consideraciones que con ellos tenía Redwood quedó bastante malparado. Al principio, los otros policías lo encontraron muy pesado, hasta que dejaron bien sentado que era inútil hacerles preguntas o pedirles periódicos. Hicieron una especie de registro en su estudio y se llevaron hasta los periódicos que ya tenía. La voz de Redwood tenía tono agudo y acento de reconvención.

—Pero ¿no ve usted —decía una y otra vez— que se trata de mi hijo, de mi único hijo, que se halla en un apuro? No es el Alimento lo que me preocupa, sino mi hijo.

—Yo quisiera poder informarle, señor —dijo el oficial—, pero nuestras órdenes son estrictas. —¿Quién dio las órdenes?

—¡Ah! Eso tampoco puedo decírselo, señor… —se excusó el oficial, dirigiéndose hacia la puerta.


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