El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Después de todo esto, Redwood pasó la mayor parte del tiempo en las ventanas.
De todos modos, poca cosa podían ofrecerle aquellas ventanas respecto a la marcha de los acontecimientos en el exterior. En todo momento aquella calle era muy tranquila, pero aquel día lo era excepcionalmente. Ni un coche de alquiler, ni un carro pasaron aquella mañana. De vez en cuando pasaba algún transeúnte sin que mostrara la menor anormalidad en los acontecimientos; después un grupito de niños, una niñera, una mujer que iba de compras, y gente así. Entraban en escena por derecha o por izquierda, arriba o abajo de la calle, con un exasperante aire de indiferencia para los intereses más importantes que los suyos propios. Descubrían con asombro la casa guardada por la policía y marchaban en dirección opuesta, donde unos grandes racimos de hortensias gigantes se hallaban suspendidos a través de la calle. Al irse volvían la cabeza para mirar y señalaban con el dedo. De vez en cuando, un hombre se acercaba a uno de los policías preguntándole algo. Únicamente conseguía una breve respuesta…