El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Las casas de enfrente parecían muertas. Una sirvienta apareció una vez en una ventana y se quedó un instante mirando. A Redwood se le ocurrió hacerle señas. Durante un rato ella contempló sus gestos, al parecer con cierto interés, y hasta le dio una vaga respuesta y se fue. Un viejo salió cojeando de la casa señalada con el número 37, bajó los peldaños y se marchó por la derecha, sin mirar para nada hacia arriba. Durante diez minutos el único transeúnte fue un gato…

Así, aquella trascendental e interminable mañana fue alargándose desmesuradamente.

Alrededor de las doce se oyeron gritos de los vendedores de periódicos en la calle contigua, pero aquello pasó.

Contrariamente a lo que solían hacer, no pasaron por la calle de Redwood, y éste tuvo la sospecha de que la policía había cerrado las bocacalles. Intentó abrir la ventana, pero aquello hizo que apareciera de inmediato un policía en su habitación…

El reloj de la iglesia parroquial dio las doce, y después de un abismo de tiempo, la una.

Se burlaron de él llevándole la comida. Comió un poco y esparció la comida por el plato a fin de que se la llevaran pronto, bebió whisky liberalmente y luego, cogiendo una silla, volvió junto a la ventana. Los minutos se dilataron en grises inmensidades y durante unos momentos acaso se quedara dormido…


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