El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Le trajeron un té fuerte, como el que estaba acostumbrado a tomar. Era evidente que su ama de llaves había sido consultada. Después de beberlo, se sintió demasiado nervioso para quedarse sentado al lado de la ventana y se puso a pasear por la habitación. Se sintió más capaz de pensar en ideas coherentes. Aquella habitación había sido su estudio durante veinticuatro años. Había sido amueblada en su boda y todo lo esencial databa de entonces: el gran y complejo escritorio, la silla giratoria, la butaca al lado de la lumbre, la biblioteca giratoria y el archivo clasificador con sus compartimientos, que llenaba el hueco del fondo. La alfombra turca de colores vivos, los tapices y cortinajes del último período Victoriano habían adquirido la rica dignidad que otorgan los años, y el cobre y el bronce brillaban cálidamente ante el fuego del hogar. Las bombillas eléctricas habían sustituido a la lámpara de aceite de antaño, y ésta era la principal alteración del equipamiento original. Pero entre estas cosas, su conexión con el Alimento había dejado abundantes indicios. A lo largo de la pared, encima del friso, se veía una colección de fotografías y fotograbados enmarcados en negro con los retratos de su hijo, los hijos de Cossar y otros niños del Alimento Estrella, en distintas edades y en medio de diversos paisajes. Hasta el inexpresivo semblante del joven Caddles tenía su sitio en aquella colección. En un rincón había un haz de espigas de la hierba gigante de los prados de Cheasing Eyebright, y encima del escritorio había tres cápsulas vacías de amapolas, grandes como sombreros. Las barras de las cortinas eran tallos de hierba. Y el tremendo cráneo del gran cerdo de Oakham pendía, como un portentoso estante ornamental de marfil, sobre la repisa de la chimenea, con un jarrón chinesco en cada órbita y el hocico abatido, encima de la lumbre…