El alimento de los dioses

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Redwood se acercó a las fotografías, y en particular hacia las de su hijo.

Le trajeron a la memoria incontables recuerdos de cosas que se habían borrado ya de su mente, de los primeros días del Alimento, de la tímida presencia de Bensington y su prima Jane, de Cossar y de aquella noche terrible pasada en la Granja Experimental. Estos recuerdos se le aparecieron como cosas muy pequeñas y brillantes y distintas, como objetos vistos con un telescopio en un día soleado. Y después se le representó el gigantesco cuarto de los niños, la gigantesca infancia de su hijo, sus primeros esfuerzos para hablar, sus primeros signos claros de afecto.

¿Cañonazos?

Se le ocurrió, de un modo irresistible, agobiante, que en el exterior, fuera de aquel maldito silencio y de aquel maldito misterio, su hijo y los hijos de Cossar, y todos aquellos gloriosos frutos precoces de una edad más grandiosa, estaban luchando… ¡Luchando por la vida! Hasta era posible que su hijo se hallase en aquel momento en algún terrible apuro, herido, detenido como él…

Se apartó de los retratos y volvió a andar de un lado a otro de la habitación, gesticulando.

—¡No puede ser! —gritó—. ¡No puede ser! ¡No puede acabar de este modo…! Pero ¿qué ha sido eso?


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