El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Se detuvo, rÃgidamente inmóvil.
El repiqueteo de las ventanas habÃa vuelto a empezar, y luego se oyó un gran ruido sordo, como una vasta conmoción que hizo retemblar toda la casa. La conmoción pareció durar un siglo. Debió de haberse producido muy cerca. Por un instante le pareció como si algo hubiera venido a dar contra la casa, por encima de donde él se hallaba… un impacto que se resolvió en un tintineo de cristales rotos, y luego en una quietud que terminó por fin con un ruido claro de gente que corrÃa por la calle.
Este ruido lo liberó de su inmovilidad. Se volvió hacia la ventana y la vio hecha pedazos.
El corazón le latió apresuradamente, con la sensación de haber llegado a una crisis, a un acontecimiento concluyente, a la liberación. Y luego, otra vez, ¡el conocimiento de su impotente confinamiento cayó ante él como un telón!
No pudo ver nada de particular en el exterior, excepto que la pequeña lámpara eléctrica de enfrente estaba apagada. No pudo oÃr tampoco nada después de la primera señal de alarma. No pudo añadir nada que interpretara o ampliara aquel misterio, pero en aquel momento vio aparecer un resplandor rojizo y fluctuante en el cielo, hacia el sudeste.