El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Durante treinta y seis larguísimas horas, Redwood permaneció encarcelado, encerrado y aislado del gran drama de los Dos Días mientras la gente pequeña en la aurora de la grandeza luchaba contra los Hijos del Alimento. Después, bruscamente, el telón de acero volvió a levantarse y Redwood se encontró muy cerca del centro de la lucha. El telón se levantó tan inesperadamente como había caído. A media tarde le atrajo a la ventana el ruido de un coche que se detuvo frente la puerta de su casa. Un hombre joven se apeó de él y al cabo de un minuto ya estaba en su presencia en el cuarto. Era un individuo pequeñito y delgado, de unos treinta años tal vez, muy bien afeitado, muy bien vestido y con muy buenos modales.
—Señor Redwood —empezó diciendo—, ¿quiere usted acompañarme a ver al señor Caterham? Requiere su presencia con gran urgencia.
—¿Requiere mi presencia…? —En la mente de Redwood afloró una pregunta que, de momento, no supo formular. Vaciló. Luego, con voz entrecortada, preguntó—: ¿Qué le han hecho a mi hijo?
Y se quedó sin aliento, esperando la respuesta.
—¿Su hijo, señor? Su hijo está muy bien. Al menos, por lo que podemos saber.
—¿Está bien?
—Ayer fue herido, señor. ¿No lo sabía usted?