El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Redwood irrumpió contra esta afectación. Su voz ya no estaba matizada por el temor, sino por la ira.
—Ya sabe que no he podido enterarme de nada. Eso lo sabe usted bien.
—El señor Caterham lo temÃa, señor… Eran momentos muy crÃticos. Todo el mundo… fue cogido por sorpresa. Le detuvo a usted para evitarle cualquier desgracia…
—Me detuvo para impedir que avisara a mi hijo o que le aconsejara lo que debÃa hacer… DÃgame lo que ha ocurrido. ¿Han triunfado ustedes? ¿Los han matado a todos?
El joven dio un paso hacia la ventana y se volvió.
—No, señor —dijo concisamente.
—¿Qué tiene usted, pues, que decirme?
—Tenemos pruebas, señor, de que esta lucha no fue planeada por nosotros. Nos encontraron… totalmente faltos de preparación.
—¿Quiere usted decir que…?
—Quiero decir, señor, que los gigantes… hasta cierto punto se han mantenido firmes.
El mundo cambió para Redwood. Durante un momento, algo muy semejante a la histeria se apoderó de los músculos de su cara. Luego dio salida a una profunda exclamación.