El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Me parece, Skinner…, que voy a matar uno de esos pollos… como muestra. Creo que podremos matarlo esta tarde, después de comer, y me lo llevaré a Londres.
Hizo como si mirara dentro de otra vasija, se quitó los lentes y los limpió.
—Me gustarÃa —dijo—, me gustarÃa muchÃsimo tener una muestra… un recuerdo… de esta crÃa tan especial, en este dÃa también tan especial. Y, a propósito no les dará usted carne para comer a estos polluelos ¿verdad?
—¡Oh! No, ceñor —replicó Skinner—. Ce lo aceguro, ceñor Bencington. Zabemoz demaciado bien cómo hay que criar alas avez de corral de todo género, para hacer una coza cemejante.
—¿Está usted seguro de no haber echado aquà las sobras de su comida? Me ha parecido ver unos huesos de conejo esparcidos en un rincón del gallinero…
Pero cuando fueron a mirar se encontraron con que eran los huesos, algo mayores, de un gato, limpios y secos.