El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Hubo momentos en los que Redwood dejó de sentirse interlocutor comportándose como simple auditor de un monólogo. Se transformó en el espectador privilegiado de un extraordinario fenómeno. Se dio cuenta de algo asà como una diferencia especÃfica entre él y aquel individuo cuya hermosa voz lo estaba envolviendo y que seguÃa hablando y hablando. Aquella mentalidad era tan poderosa como limitada. De su energÃa conductora, de su peso personal, de su invencible olvido de ciertas cosas, brotó en la mente de Redwood la más grotesca y extraña de las imágenes. En vez de un antagonista que era un semejante suyo, un hombre susceptible de responsabilidad moral al que se podÃan dirigir razonables súplicas, Redwood vio a Caterham como algo raro, como una especie de rinoceronte monstruoso, como si dijéramos un rinoceronte civilizado, engendrado en la selva de los enredos democráticos, un monstruo de irresistible empuje e invencible resistencia. En todos los estrepitosos conflictos de aquella mañana, se erguÃa supremo. ¿Y más allá? Aquel hombre era un ser perfectamente dotado para abrirse camino por entre grandes multitudes de hombres. Para él no habÃa falta que fuese más importante que la autocontradicción, ni ciencia más significativa que la reconciliación de los «intereses». Las realidades económicas, las necesidades topográficas, las casi intocadas minas de expedientes cientÃficos, no existÃan para él más de lo que existÃan los ferrocarriles, los rifles o la literatura geográfica. Lo único que existÃa eran asambleas, juntas secretas y votos… votos por encima de todo. Él era la encarnación de millones de votos.