El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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I

Poco tiempo después se encontró Redwood en un tren que atravesaba el Támesis hacia el sur. Tuvo una breve visión del río, reluciente bajo las luces, y de la humareda que aún se desprendía del sitio donde había caído un obús, en la orilla septentrional, y donde se había organizado una vasta multitud de hombres para quemar hasta los últimos restos de Heracleoforbia. La orilla meridional se hallaba a oscuras debido a algún ignorado motivo y ni siquiera las calles estaban iluminadas, y todo lo claramente visible eran las siluetas de las altas torres de alarma y los oscuros bultos de casas y escuelas. Al cabo de un minuto de observación, volvió la espalda a la ventana y se sumió en sus pensamientos. No había ya nada más que ver ni que hacer hasta que hubiera visto a los Hijos…

Se sentía fatigado por la tensión nerviosa de los dos últimos días; le parecía que sus emociones debían de estar ya agotadas, pero se había fortificado con un café muy fuerte antes de ponerse en marcha y sus ideas fluían claras y diáfanas. Su mente se hallaba en contacto con muchas cosas. Recapituló de nuevo, pero esta vez con la ilustración facilitada por los acontecimientos acaecidos, la manera cómo el Alimento había entrado y se había desplegado en el mundo.


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