El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Poco tiempo después se encontró Redwood en un tren que atravesaba el Támesis hacia el sur. Tuvo una breve visión del río, reluciente bajo las luces, y de la humareda que aún se desprendía del sitio donde había caído un obús, en la orilla septentrional, y donde se había organizado una vasta multitud de hombres para quemar hasta los últimos restos de Heracleoforbia. La orilla meridional se hallaba a oscuras debido a algún ignorado motivo y ni siquiera las calles estaban iluminadas, y todo lo claramente visible eran las siluetas de las altas torres de alarma y los oscuros bultos de casas y escuelas. Al cabo de un minuto de observación, volvió la espalda a la ventana y se sumió en sus pensamientos. No había ya nada más que ver ni que hacer hasta que hubiera visto a los Hijos…
Se sentía fatigado por la tensión nerviosa de los dos últimos días; le parecía que sus emociones debían de estar ya agotadas, pero se había fortificado con un café muy fuerte antes de ponerse en marcha y sus ideas fluían claras y diáfanas. Su mente se hallaba en contacto con muchas cosas. Recapituló de nuevo, pero esta vez con la ilustración facilitada por los acontecimientos acaecidos, la manera cómo el Alimento había entrado y se había desplegado en el mundo.