El alimento de los dioses
El alimento de los dioses El gigante estaba diciendo algo al chófer. Redwood se echó a un lado mientras el automóvil daba la vuelta, y entonces, súbitamente, Cossar desapareció, todo desapareció, y Redwood se encontró en la más absoluta oscuridad durante el espacio de un momento. El reflector iba siguiendo el automóvil en su viaje de regreso hasta la cumbre de Keston. Redwood se quedó mirando cómo se iba alejando el minúsculo vehículo dentro de aquel pálido halo. Ofrecía un efecto muy curioso, como si lo que se moviera no fuese el automóvil, sino el halo. Un grupo de aguerridos gigantes apareció súbitamente, haciendo grandes aspavientos, y fueron inmediatamente tragados por la noche… Redwood se volvió hacia la silueta de Cossar y le cogió la mano.
—Me han encerrado y me han tenido ignorante de todo —dijo— durante dos días completos.
—Les disparamos el Alimento —dijo Cossar—. ¡Era obvio! Les hemos hecho unos treinta disparos.
—Vengo de ver a Caterham.
—Lo sé. —Y echándose a reír, con cierta nota de amargura, añadió—: Supongo que querrá llegar a un arreglo.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó Redwood.
—Está bien. Los gigantes esperan el mensaje que nos trae.
—Sí, pero mi hijo…