El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Pasaron por la oscuridad de un camino bordeado de altas vallas, y de allà a una hondonada. Luego pasaron por delante de vanas casas para volver a salir frente a aquel cegador haz del reflector. Después, durante un rato, la carretera apareció completamente despejada en medio de una llanura, y a ellos les pareció que se hallaban suspendidos, zumbando en la inmensidad. Una vez más las gigantescas hierbas se alzaban a su alrededor, desapareciendo fugazmente en un remolino. De pronto, bruscamente y cerca de ellos, se alzó, impresionante, la figura de un gigante, brillantemente iluminada por abajo, o sea, por donde lo iluminaba el reflector, y negra, recortada contra el cielo, por arriba.
—¡Eh, amigos! —gritó—. ¡Alto! Se acabó la carretera… ¿Es usted Padre Redwood?
Redwood se puso de pie y profirió un grito a modo de respuesta, y en seguida apareció Cossar en la carretera, a su lado, estrechándole las manos y ayudándolo a apearse del automóvil.
—¿Cómo está mi hijo? —preguntó Redwood.
—Está muy bien —dijo Cossar—. A él no le hicieron nada de cuidado.
—¿Y sus hijos?
—Bien. Todos ellos. Pero hemos tenido que luchar para conseguirlo.