El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Siga adelante —dijo Redwood al cabo de un instante.
El chófer tenÃa todavÃa sus dudas, que intentó expresar, sin conseguirlo del todo, y que fueron atenuándose hasta repetir:
—No sé.
Por fin se aventuró a seguir.
—Vamos, pues —dijo poniendo el motor de nuevo en marcha, seguido atentamente por aquel gran ojo blanco.
A Redwood le pareció durante un buen rato que ya no se hallaban en la tierra, sino que corrÃan a través de una nube luminosa. Tuf, tuf, tuf tuf, hacÃa el motor, y una y otra vez —obedeciendo a no sé qué impulso nervioso— el chófer hacÃa sonar la bocina.