El alimento de los dioses
El alimento de los dioses La carretera se hallaba bordeada a ambos lados por unas gigantescas ramas de endrino que contribuÃan mucho a oscurecerla, y por una hierba muy alta y enormes collejas, inmensas ortigas muertas grandes como árboles cuyas siluetas pasaban como relámpagos por encima de sus cabezas. Después de Keston llegaron a una empinada cuesta y el chófer aminoró la marcha. Al llegar a la cima, se detuvo.
—Es allà —dijo señalando con un largo dedo enguantado un enorme bulto negro y contrahecho que se alzaba ante los ojos de Redwood.
A lo lejos, parecÃa que el gran talud, encrestado por el resplandor de donde salÃan los reflectores, se alzaba destacándose contra el cielo. Aquellos haces de luz iban y venÃan por entre las nubes y el ondulado paisaje a su alrededor, como si trazaran misteriosos encantamientos.
—No sé —dijo por fin el chófer. Resultaba evidente que tenÃa miedo de seguir adelante.
En aquel momento un reflector descendió del cielo para posarse en ellos, vigilándolos como una mirada escrutadora, más bien confundida que mitigada por el tallo de un monstruoso hierbajo que se interpuso. Los dos se sentaron, con las manos enguantadas delante de los ojos, intentando mirar por entre los dedos para enfrentarse con la cegadora luz.