El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Tan pronto como Redwood consiguió envolverse en una manta, empezaron a rodar en medio de la noche. Después de un momento de inmovilidad, el automóvil se lanzó velozmente, pero con gran suavidad, por la pendiente de la estación. Dieron la vuelta a una esquina y después a otra, siguieron los tortuosos caminos de un barrio residencial, y luego se extendió ante ellos la carretera. El automóvil zumbó al máximo de velocidad, horadando la negra noche. Todo estaba muy oscuro bajo la luz estelar y el mundo entero parecía haberse agazapado misteriosamente o desaparecido sin ningún ruido. Ni un aliento de aire hacía moverse las cosas que pasaban volando a ambos lados de la carretera. Las casas de campo, pálidas y abandonadas, a ambos lados de su ruta, con sus negras ventanas sin luz, le parecían a Redwood una silenciosa procesión de calaveras. El chófer que iba a su lado, o era un hombre silencioso de natural o permanecía silencioso debido a las peculiares condiciones de aquel viaje. Respondía a las breves preguntas de Redwood con monosílabos y a regañadientes. Cruzando el firmamento por el sur, los haces de luz de los reflectores se agitaban formando ondas silentes; parecían los únicos extraños indicios de vida en aquel mundo abandonado que iban dejando atrás en su veloz carrera.