El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Lo despertó de su ensimismamiento la parada del tren en la estación de Chislehurst. Reconoció el lugar por una enorme atalaya contra las ratas que se erguÃa en la cúspide de Candem Hill y la hilera de grandes pinabetes que bordeaban la carretera…
El secretario particular de Caterham fue desde el otro coche para decirle que a una media milla de distancia la lÃnea férrea habÃa sido averiada y que el resto del viaje tendrÃa que hacerlo en automóvil. Redwood se apeó en un andén iluminado únicamente por una linterna de mano y barrido por la frÃa brisa nocturna. La quietud de aquel abandonado suburbio invadido por el bosque y la maleza —todos sus habitantes se habÃan refugiado en Londres al comienzo de las hostilidades el dÃa anterior—, se hizo instantáneamente impresionante. Su guÃa le ayudó a bajar los peldaños de la salida de la estación, donde ya le esperaba un automóvil con unos faros deslumbradores, la única luz que hasta entonces habÃa visto, lo confió al cuidado del chófer y se despidió de él.
—Ya sé que hará usted todo lo que pueda por nosotros —dijo, imitando los modales de su amo mientras estrechaba la mano de Redwood.