El alimento de los dioses
El alimento de los dioses La primera impresión que tuvo Redwood fue la de un enorme estadio limitado por altísimos riscos, y con el suelo lleno de estorbos. Estaba a oscuras, a no ser por los pasajeros reflejos del reflector del centinela que rodaba constantemente en lo alto y por un rojizo resplandor que aumentaba y disminuía a ratos procedente de un rincón distante donde dos gigantes trabajaban juntos, haciendo un gran estruendo metálico. Destacándose contra el cielo, pudo distinguir las familiares siluetas de los viejos cobertizos y campos de juego que habían sido construidos para los chicos de Cossar. Estaban como suspendidos al borde de un precipicio y extrañamente torcidos y deformados con los cañones del bombardeo de Caterham. Había indicaciones de enormes emplazamientos de artillería por encima, y en su proximidad se veían unos montones de cilindros que quizá fueran municiones. Por todo el ancho espacio inferior estaban esparcidas las formas de grandes máquinas e incomprensibles bultos, mezclados en vago desorden. Los gigantes aparecían y desaparecían entre aquellas masas, y, bajo la luz incierta, formaban grandes bultos, de ningún modo desproporcionados a las cosas entre las que se movían. Algunos se hallaban activamente atareados; otros, sentados o yacentes, como si intentaran conciliar el sueño, y uno que tenía todo el cuerpo vendado, yacía en una camilla de ramas de pino y estaba ciertamente dormido. Redwood observó aquellas formas borrosas; sus ojos se dirigieron de una movediza silueta a otra.