El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¿Dónde está mi hijo, Cossar?
Entonces lo vio.
El joven Redwood estaba sentado a la sombra de una gran pared de acero. ParecÃa una forma negra, reconocible sólo por su postura… sus facciones eran invisibles. Estaba sentado con la barbilla apoyada en la mano, como si estuviese muy cansado o sumido en sus pensamientos. A su lado, Redwood descubrió la figura de la princesa, mera insinuación oscura de su presencia, y luego, al volver a incrementarse el resplandor distante, percibió durante un momento, iluminada de rojo, la infinita bondad de su sombreado rostro. Estaba contemplando a su amante con la mano descansando contra el acero. ParecÃa estarle diciendo algo.
Redwood hubiera querido ir hacia ellos.
—En seguida —dijo Cossar—. Primero de todo su mensaje.
—Sà —dijo Redwood—, pero…
Se interrumpió. Su hijo habÃa levantado la vista y estaba hablando con la princesa, pero en tono demasiado bajo para que pudieran oÃrlo. El joven Redwood levantó la cabeza y ella se inclinó en dirección a él y miró hacia un lado antes de hablar.
—Pero si nos derrotan… —oyeron que murmuraba la susurrante voz del hijo de Redwood.