El alimento de los dioses

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Ella se interrumpió, y el rojo resplandor puso de relieve sus ojos, brillantes de lágrimas aún no derramadas. Se inclinó aún más cerca de él y volvió a hablarle en un tono todavía más bajo. Había algo tan íntimo y tan privado en el talante de los dos, que Redwood, que durante dos días no había estado pensando en otra cosa sino en su hijo, se sintió allí un intruso. Bruscamente se sintió refrenado. Acaso por primera vez en su vida advirtió lo mucho que un hijo significa para su padre, mucho más de lo que un padre puede nunca significar para su hijo, y se dio perfecta cuenta de la completa predominancia del futuro sobre el pasado. Aquí, él, entre aquellos dos seres, no tenía nada que hacer. Su papel estaba ya representado. Se volvió hacia Cossar al instante de comprenderlo. Sus miradas se cruzaron. El tono de la voz se le transformó.

—Voy a dar cuenta del mensaje ahora mismo —dijo—. Ya tendremos tiempo de sobra luego…

El pozo era tan enorme y estaba tan lleno de objetos, que hubieron de franquear un largo y tortuoso camino antes de poder llegar al sitio desde donde Redwood les pudiera dirigir la palabra a todos.



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