El alimento de los dioses

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Junto a Cossar, siguió un sendero abruptamente descendente que pasaba por debajo de un arco de maquinaria interconectada, y de allí pasó a una amplia y profunda pasarela que atravesaba el fondo del pozo. Esta pasarela, amplia y vacía, pero, no obstante, relativamente estrecha, conspiraba con todo lo que había a su alrededor para acentuar la sensación de propia pequeñez que se había apoderado de Redwood. Se transformó, como si fuera una cañada excavada. En lo alto, por encima de sus cabezas, separados de ellos por abismos de oscuridad, los reflectores giraban y brillaban, y las relucientes formas iban de un lado para otro. Fuertes voces se llamaban unas a otras allá arriba convocando a los gigantes a reunirse en un Consejo de Guerra para oír los términos que Caterham les había enviado. La pasarela se inclinaba aún más al fondo, hacia la negra inmensidad, hacia las sombras y el misterio y las cosas inconcebibles, hacia las que Redwood se dirigía despacio, con paso cauteloso, mientras Cossar iba avanzando con seguras zancadas…

Los pensamientos de Redwood se multiplicaban.

Los dos hombres penetraron en la más completa oscuridad y Cossar cogió a su compañero por la muñeca. Ahora tenían que ir forzosamente despacio.

Redwood se sintió impulsado a hablar.

—Todo esto es muy extraño —dijo.

—Grande —dijo Cossar.


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