El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —He aquà lo que ofrece Caterham. ¡Quiere que os marchéis de su mundo!
—¿Adónde?
—No lo sabe. De un modo vago dice que os destinará una gran región apartada… Y que vosotros no debéis fabricar más Alimento ni tener hijos; que debéis vivir a vuestro modo hasta el término de vuestras vidas para que todo quede acabado.
Se detuvo.
—¿Y eso es todo?
—Eso es todo.
Hubo un gran silencio. Las tinieblas que envolvÃan a los gigantes parecÃan mirarlo a él pensativamente.
Sintió que alguien le tocaba el codo, y al volverse vio que Cossar le ofrecÃa una silla: un extraño fragmento de casa de muñecas en medio de aquellas apiladas inmensidades. Se sentó y cruzó las piernas; luego puso una pierna encima de la otra tocándose nerviosamente un zapato, y se sintió pequeño y sofocado, muy visible y absurdamente situado.
Al sonido de una voz volvió a olvidarse de sà mismo.
—Ya habéis oÃdo, Hermanos —dijo aquella voz, que parecÃa salir de las tinieblas.
Y otra voz contestó:
—Ya lo hemos oÃdo.
—¿Cuál es la respuesta, Hermanos?