El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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De vez en cuando, algún destello realzaba por casualidad a tal o cual grupo de altas y poderosas formas, los gigantes de Sunderland, vestidos con placas metálicas superpuestas, y los demás, vestidos de cuero, de soga tejida o de metal tejido, según estuviese determinado por sus respectivas condiciones. Estaban sentados en medio de máquinas y armamentos tan imponentes como ellos mismos, o descansaban las manos en aquellos aparatos, y sus miradas, al pasar de lo visible a lo invisible y viceversa, eran firmes y decididas.

Hizo un esfuerzo para empezar a hablar y no pudo. Por un instante, el rostro de su hijo resplandeció reflejando la cálida erupción del fuego. Vio que su hijo lo estaba contemplando, con ternura, pero también con vigorosa expresión, y encontró la voz perdida, una voz que llegara a todos, pero dirigida, como a través de un abismo, a su hijo.

—Vengo de ver a Caterham —dijo—. Me ha enviado para que os exponga las ofertas que os hace.

Hizo una pausa.

—Son unas condiciones imposibles, lo sé, y más ahora que os veo a todos aquí reunidos; son condiciones imposibles, pero he venido a transmitíroslas porque quería veros a todos, y especialmente a mi hijo. Quería ver a mi hijo una vez más…

—Explique las condiciones —lo interrumpió Cossar.


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