El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Después de vueltas y más vueltas y de subir un buen rato, llegaron a una especie de reborde desde el que se podía dominar el pozo de los gigantes y desde donde Redwood podía hacerse oír por toda la asamblea. Los gigantes ya se habían agrupado en la parte inferior, y a su alrededor, para oír el mensaje que les iba a exponer. El mayor de los hijos de Cossar estaba arriba, en el borde del talud, vigilando las revelaciones de los reflectores, porque todos temían una quiebra del armisticio. Los que trabajaban en aquel gran aparato que había en un rincón se destacaban claramente sobre el trasfondo de luz. Iban casi desnudos y se volvieron hacia Redwood, pero vigilando continuamente la fundición, que no podían abandonar ni un momento. Redwood vio aquellas figuras cercanas con una fluctuante incertidumbre, por medio de luces imprecisas que aparecían y desaparecían, y las figuras más remotas eran aún más borrosas. Salían de las profundidades de grandes tinieblas, donde volvían a sumirse en seguida. Porque aquellos gigantes no tenían más luz que la estrictamente necesaria en el pozo a fin de que sus ojos estuvieran preparados para distinguir eficazmente cualquier fuerza atacante que pudiera lanzarse sobre ellos desde la oscuridad circundante.
