El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Hermanos —dijo el joven Redwood—, ¿qué otra cosa podemos hacer sino luchar contra ellos, y si los derrotamos, hacerles tomar el Alimento? Ahora no podrÃan tomar el Alimento aunque quisieran. ¡Vamos a suponer que nos decidiéramos a renunciar a nuestra herencia y a hacer esa sandez que Caterham propone! ¡Vamos a suponer que pudiéramos hacerlo…! Vamos a suponer que renunciáramos a eso que se remueve en nuestro interior, que repudiáramos eso que nuestros padres hicieron por nosotros, que tú, Padre, hiciste por todos nosotros, y que cuando nuestra hora hubiese llegado, nos disipáramos en la senilidad y en la nada. ¿Qué pasarÃa entonces? ¿SeguirÃa siendo este diminuto mundo suyo igual que lo que era antes? Ellos podrÃan luchar contra la grandeza que hay en nosotros, que somos hijos de los hombres, pero ¿podrán ellos conquistarla? Aun en el caso que nos destruyeran uno a uno, ¿qué? ¿Les salvarÃa eso? ¡No! ¡Porque la grandeza está en marcha, no sólo en nosotros, no sólo en el Alimento, sino en el propósito de todas las cosas! Está en la naturaleza de todas las cosas, forma parte del espacio y del tiempo. Crecer cada dÃa más, desde lo primero a lo último que existe… Esa es la ley del Ser. ¿Qué otra ley puede haber?
—¿Para ayudar a los demás?
—Para crecer. Se trata aún de crecer. A menos que los ayudemos a fracasar…