El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Ez impocible quedarnoz un día máz, ceñor Bencington. Noz hemoz quedado porque creíamoz que laz cozaz ce arreglarían, y lo que paza ez que han ido de mal en peor, ceñor Ben-cington… No zon zólo laz avizpaz, ceñor Bencington… Ahora hay también grandez tijeretaz y ciempiez, ceñor Bencington, aci de grandez. (Y señalaba todo lo largo de la mano y cerca de ocho centímetros más de un ancho y sucio antebrazo). Por poco le da un ataque de nervioz a la ceñora Zkinner, ceñor Bencington. Y, por ci fuera poco, laz ortigaz de al lado del gallinero, ceñor Bencington, también eztán creciendo, ci, ceñor, y la enredadera amarilla, aquélla que plantamoz cerca del zumidero, ceñor Bencington… Ya ha pazado zuz zarcilloz a través de la ventana durante la noche, cí, ceñor Bencington, y caci ce enredó con la propia ceñora Zkinner, ceñor Bencington. Y todo ez a cauza del alimento ece que uzted lez da, ceñor Bencington. Por dondequiera que ce haya derramado, por poco que cea, todo lo que hay allí ce pone a crecer de un modo pavorozo, ceñor Bencington. Todo crece máz de lo que yo nunca zupuce que pudiera crecer. Ez impocible quedarnoz otro mez, ceñor Bencington. Ez máz de lo que valen nuestraz vidaz, ceñot Bencington. Aun en el cazo de que laz avizpaz no noz picaran, moriríamoz zofocadoz por la enredadera ceñor Bencington. Uzted no puede imaginárcelo, ceñor Bencington…, a menoz de que venga a verlo con zuz propioz ojoz, usted…