El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Giró su ojo superior hacia la cornisa, por encima de la cabeza de Redwood, añadiendo:

—¿Cómo podremoz zaber ci laz rataz no han comido el alimento ece, ceñor Bencington? Ezo ez lo que me preocupa, ceñor Bencington. No he vizto aún ninguna rata grande, ceñor Bencington, pero ¿cómo voy a zaber ci laz hay? Hemoz eztado zobrezaltadoz durante varioz diaz a cauza de la tijereta que vimoz, o de laz tijeretaz, mejor dicho, porque eran doz… Y grandez como langoztaz, ceñor Bencington, y del modo pavorozo como ha crecido la enredadera amarilla, y cuando oí lo de laz avizpaz… Dezpuez de enterarme, lo comprendo todo, ceñor Bencington. No he aguardado máz ciño a que mi mujer me cociera un botón que ce me había caído, y he venido enceguida. Aún eztoy lleno de anciedad, ceñor Bencington. ¿Qué cé yo de lo que le puede eztar zucediendo a la ceñora Zkinner en ezce inztante, ceñor Bencington? La enredadera crece por todoz ladoz, como una cerpiente… Aunque parezca increíble hay que eztarla vigilando y huir de zu proccimidad… Y laz tijeretaz creciendo aún máz y máz laz avizpaz… ¡Ceñor Bencington! ¡Ci le ocurriera algo a ella, ceñor Bencington…!

—Pero ¿y las gallinas? —preguntó Bensington—. ¿Cómo están las gallinas?


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