El alimento de los dioses

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He interrogado a tantos como he podido de aquellos que conocieron íntimamente a Skinner, y todos están de acuerdo en que es imposible imaginarse algo capaz de comérselo. Skinner era, como me dijo un marinero retirado que vivía en una de los cottages del señor W. W. Jacobs, en Dunton Green, con cierta reservada intención en sus ademanes, muy frecuente en estos parajes, ese tipo de personas que «sale a flote» sea como sea, y en cuanto al elemento devorador, Skinner era «perfectamente capaz de apagar cualquier incendio». Consideró también que Skinner era de los que se encuentran tan seguros sobre una almadía como en cualquier otra parte. El marinero retirado dijo que no deseaba decir nada en contra de Skinner y que los hechos son los hechos. Antes de seguir ocupándose de Skinner preferiría correr el riesgo de que lo encarcelaran. Todas estas observaciones por cierto, presentan a Skinner bajo un aspecto muy poco envidiable.

Para ser perfectamente franco con el lector, debo decir que no creo que Skinner regresara nunca a la Granja Experimental. Opino que estuvo vagando presa de largas vacilaciones por los campos y la gleba de Hickleybrow, y finalmente, cuando empezaron a oírse los chillidos, salió de sus perplejidades por la línea de menor resistencia y se hundió en lo Desconocido.


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