El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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I

Dos noches después de la desaparición de Skinner, el médico de Podbourne se hallaba, cerca de Hankey, conduciendo su calesa. Había estado toda la noche ayudando a venir a este mundo tan curioso en que vivimos, a otro ciudadano muy poco distinguido, y una vez cumplida su tarea se dirigía a su casa, muy cansado y soñoliento. Serían las dos de la madrugada y acababa de salir la luna en menguante. La noche estival había refrescado y se había formado una tenue niebla baja que indiferenciaba a los objetos. El médico iba completamente solo —su cochero estaba enfermo en cama— y nada se podía divisar ni a derecha ni a izquierda, fuera del movedizo misterio de los setos interponiéndose al resplandor amarillento de las lámparas del coche en continua sucesión, ni nada podía oírse sino el trote pausado del caballo y el rechinar y el chirriar de las ruedas. Tenía tanta confianza en su caballo como en sí mismo, y no es, por lo tanto, de extrañar que el doctor dormitara…

Ya conocéis esa intermitente modorra del que está sentado: la cabeza inclinada, moviéndose al ritmo de las ruedas, el mentón pegado al pecho, y, de pronto, la incorporación súbita con un sobresalto.

Pit, pat, pat.

¿Qué es eso?


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