El alimento de los dioses

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Le pareció al doctor haber oído un ligero y agudísimo chillido cercano. Durante unos instantes permaneció despierto. Profirió dos o tres palabras de inmerecida recriminación a su caballo, y miró alrededor de sí. Intentó persuadirse de que lo que había oído era el distante chillido de una zorra…

Suich, suich, suich, pit, pat, suich…

¿Qué había sido aquello?

Imaginó que se estaba volviendo asustadizo. Se encogió de hombros y gruñó a su caballo que siguiera adelante. Escuchó y no oyó nada.

¿Nada?

Tuvo la impresión de que un bicho le estaba acechando por encima del seto, pues le pareció ver una extraña cabezota. ¡Y con orejas redondas! Revisó cuidadosamente el lugar, pero no pudo ver nada.

—¡Tonterías! —murmuró.

Se incorporó con la idea de haber sido objeto de una pesadilla, dio al caballo un suave latigazo, le dijo unas palabras y volvió a escrutar por encima del seto. Sin embargo, el fulgor de la lámpara combinado con la niebla daba un aspecto borroso a todas las cosas, y no le fue posible distinguir nada. Se le ocurrió, según dijo, que no podía haber nada, porque si hubiese algo su caballo se habría espantado. No obstante, permaneció con los sentidos nerviosamente despiertos.


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