El alimento de los dioses

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Luego oyó muy claramente un blando ruido de pisadas rápidas, que perseguían algo por la carretera.

No quiso dar crédito a sus oídos. No pudo mirar alrededor de sí porque la carretera hacía una curva muy sinuosa precisamente allí. Fustigó al caballo y volvió a mirar a uno y otro lado. Y entonces vio muy distintamente, allí donde un rayo de luz de la lámpara saltó por encima de un trecho bajo del seto, el lomo curvo de algún gran animal, no habría podido decir cuál, que lo iba siguiendo junto al carruaje en rápidos saltos convulsivos.

Dice el doctor que pensó entonces en los viejos cuentos de brujería. Aquello era completamente distinto a cualquier animal conocido, y el médico aseguró firmemente las riendas por miedo al sobresalto de su caballo. A pesar de ser una persona muy instruida, confiesa que llegó a preguntarse si aquello podía ser algo que su caballo no podía ver.

Frente a él, y acercando cada vez más su silueta a la luz de la naciente luna, se destacaba el pequeño villorrio de Hankey, muy reconfortante, a pesar de no tener ni una luz encendida. El médico restalló el látigo y volvió a hablar al caballo, y entonces, con la rapidez de un relámpago, lo atacaron las ratas.


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