El alimento de los dioses

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Había pasado ya un portal, y en el momento de hacerlo, la rata que iba en cabeza saltó en medio de la calle por encima de él, saliendo de la oscuridad para destacarse bajo la mayor claridad posible, la cara vivaz y afilada, las orejas redondeadas, el largo cuerpo exagerado por sus movimientos, y lo que más le impresionó; las patas rosadas, con los dedos unidos por las membranas características de la bestia. Lo que debió ser más horrible en aquel momento fue el hecho de no tener la menor idea de que aquel bicho fuese ninguno de los animales de la creación que él conocía. No lo reconoció como rata a causa del tamaño. El caballo dio un brinco al saltar la rata a su lado. La aldea despertó en medio de un tumulto, al percibir el chasquido del látigo y los gritos que daba el médico. Los acontecimientos se precipitaron.

Rat, clat, clat, clat.

—El doctor —uno se imagina— se puso de pie, gritó a su caballo y se puso a dar latigazos con toda su fuerza. La rata dio un respingo y retrocedió, muy tranquilizadoramente, al recibir el trallazo —al resplandor de su lámpara, el doctor pudo ver cómo una estría surcaba la piel del animal bajo el impacto del látigo— y el médico siguió propinando latigazos sin parar, sin advertir al segundo perseguidor, que iba ganando terreno a su derecha.


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