El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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II

Redwood fue a ver a Bensington a eso de las once de la mañana del día siguiente, con la «segunda edición» de tres periódicos en las manos.

Bensington levantó la vista de su desalentada meditación sobre las páginas de la novela más distraída que el bibliotecario de Brompton Road había sido capaz de encontrarle.

—¿Algo nuevo? —preguntó.

—Dos hombres picados cerca de Chartham.

—Debieron de habernos dejado quemar aquel nido. Realmente, la culpa es suya.

—¡Claro que es suya la culpa! —exclamó Redwood.

—¿Sabe usted algo de la compra de la granja?

—El corredor de fincas —dijo Redwood— es un sujeto de una boca muy grande y madera compacta. Pretende que hay alguien, otra persona, que también quiere comprar la finca. Siempre dicen lo mismo, ¿sabe usted? Y no quiere comprender la prisa. «Es cuestión de vida o muerte», le dije. «¿No lo comprende usted?». Entornó los ojos, y contestó: «Entonces, ¿por qué no se decide usted a pagar doscientas libras más?». Prefiero vivir en un mundo invadido de avispas a ceder ante la inquebrantable estupidez de ese asqueroso sujeto. Yo…

Se calló, pensando que una declaración como ésta podría estropearse fácilmente según cuál fuera su conclusión.


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