El alimento de los dioses

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—¿Sería mucho esperar —preguntó Bensington— que una de las avispas…?

—La avispa no tiene más idea de la utilidad pública que la que pueda tener… que la que pueda tener un corredor de fincas —repuso Redwood.

Siguió hablando, durante un buen rato, de corredores de fincas, procuradores y otra gente de la misma calaña, del modo injusto y poco razonable que acostumbra a hablar mucha gente cuando se trata de hacer cálculos sobre proyectados negocios. (De todas las estupideces de este estúpido mundo, la más estúpida de todas, a mi entender, consiste en que mientras se da por sentado, como la cosa más natural, que un médico o un soldado deben tener un alto sentido del honor, del valor y de la eficiencia, a un procurador o a un corredor de fincas no sólo se le permite, sino que ya se acepta de antemano, que no debe mostrar otra cosa que una especie de codiciosa, untuosa y marrullera imbecilidad). Y luego, sintiéndose bastante aliviado, se dirigió a la ventana y permaneció allí, contemplando el tránsito de Sloane Street.

Bensington había dejado su novela, la más emocionante que concebirse pudiera, sobre la mesa. Entrelazó los dedos de las manos con mucho cuidado y se puso a contemplarlos.

—Redwood, ¿hablan mucho de nosotros? —preguntó.

—No tanto como esperaba.


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