El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo

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Los bribones, vistos a la luz de gas, demostraron ser puros aficionados locales, desconocidos para el señor Watkins. Les bajaron a la despensa, siendo allí vigilados por tres policías, dos guardas con las escopetas cargadas, el mayordomo, un mozo de cuadra y un carretero, hasta que el amanecer permitió su traslado a la comisaría de policía de Hazelworth. Al señor Watkins le obsequiaron en el salón. Le dedicaron todo un sofá y no quisieron ni oír hablar de su vuelta al pueblo esa noche. Lady Aveling estaba segura de que era brillantemente original y expuso su idea de que Turner era otro tipo semejante, tosco, medio borracho, de mirada profunda e ingenioso. Alguien trajo una notable escalerilla plegable que había sido recogida en los arbustos y le mostró cómo se ensamblaba. También le describieron cómo se habían encontrado alambres en los arbustos, evidentemente colocados allí para hacer caer a perseguidores incautos. Había tenido suerte de haberse librado de esas trampas. Y le enseñaron las joyas.

El señor Watkins tuvo el sentido común de no hablar demasiado y ante cualquier dificultad en la conversación se refugiaba en sus dolores internos. Al final la rigidez de espalda y el bostezo se apoderaron de él. De repente todo el mundo cayó en la cuenta de que era una vergüenza tenerle allí hablando después de la refriega, así que se retiró temprano a su habitación, la habitacioncita roja contigua a la suite de Lord Aveling.


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