El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo

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Durante algún tiempo los marcianos —si es que eran marcianos— no parecieron haberse percatado de la inspección del señor Cave. Una o dos veces alguno vino a mirar y marchó al poco a otro mástil, como si la visión no fuera satisfactoria. En ese periodo el señor Cave pudo vigilar los procedimientos de este pueblo alado sin ser molestado por sus atenciones y, aunque su informe es necesariamente vago y fragmentario, resulta, a pesar de todo, muy sugestivo. Imaginad la impresión que tendría de la humanidad un observador marciano que, después de un difícil proceso de preparación y con los ojos considerablemente fatigados, pudiera ver Londres desde el chapitel de la iglesia de San Martín a intervalos, como máximo, de cuatro minutos cada uno. El señor Cave no pudo cerciorarse de si los marcianos alados eran los mismos que los marcianos que saltaban por las calzadas y las terrazas, y si los últimos podían ponerse las alas a voluntad. Vio varias veces unos bípedos torpes, que recordaban vagamente a monos, blancos y parcialmente translúcidos, alimentándose entre algunos de los árboles de liquen, y, una vez, algunos de ellos huían delante de uno de los marcianos saltarines de cabeza redonda. Este último cogió a uno con sus tentáculos y luego la imagen se desvaneció de repente dejando al señor Cave absolutamente intrigado en la oscuridad. En otra ocasión, una cosa enorme, que el señor Cave al principio tomó por un insecto gigantesco, apareció avanzando por la calzada junto al canal con rapidez extraordinaria. A medida que se acercaba más, el señor Cave percibió que era un mecanismo de metales relucientes y sorprendente complejidad. Y luego, cuando volvió a mirar, había desaparecido de la vista.


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