El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo
El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo Y, cosa rara, y que habría provocado las iras del señor Morris si alguien se lo hubiera predicho, por todo el mundo se había esparcido una multitud de gente respirando el aliento de la vida y en cuyas venas fluía la sangre del señor Morris. Exactamente de la misma manera que algún día la vida que en estos momentos se acumula en el lector de este relato quizá sea también esparcida a lo largo y ancho del mundo, y mezclada con mil vetas ajenas sin que sea posible ni imaginarla ni rastrearla. Y entre los descendientes de este señor Morris hubo uno casi tan sensato y perspicaz como su antepasado. Tenía justo la misma hechura baja y robusta que aquel antepasado del siglo XIX del que descendía su apellido de Morris que él pronunciaba Mures. Tenía también la misma expresión medio despreciativa en el rostro. Era igualmente un hombre próspero, tal como andaban los tiempos, y no le gustaban ni las novedades ni las preocupaciones por el futuro ni por las clases bajas, igual que le había pasado al viejo Morris ancestral. No leía el Times— ni siquiera sabía que hubiera existido un periódico de ese nombre—, institución que había desaparecido en algún momento dado en aquel intervalo de años. Pero la máquina fonográfica que le hablaba mientras se aseaba por la mañana podía haber sido la voz del más famoso reportero del periódico cuando revisaba las noticias del mundo. Esta máquina fonográfica tenía el tamaño y la forma de un reloj holandés y en su parte delantera inferior llevaba indicadores barométricos que funcionaban por electricidad, un calendario, un reloj eléctrico y un notificador automático de citas, y donde había estado situado el reloj, estaba ahora la boca de una trompeta. Cuando tenía noticias la trompeta hacía glup, glup, como un pavo. Glup, glup, y luego voceaba su mensaje como lo haría una trompeta. Le contaría al señor Mures en plenos, ricos y roncos tonos los accidentes que durante la noche habían tenido las máquinas voladoras de pasajeros que hacían el servicio por todo el mundo, las últimas llegadas a los lugares turísticos de moda en el Tíbet, y mientras se vestía, todas las reuniones del día anterior de la gran compañía monopolista. Si a Mures no le apetecía oír lo que decía sólo tenía que tocar un botón, haría un pequeño ruido y hablaría de otra cosa.