El Dios Jimmy Goggles
El Dios Jimmy Goggles »Pero se lo tragaron; toda la bendita tribu se lo tragó. A costa de permanecer rÃgido y severo, como esas hieráticas imágenes egipcias que todo el mundo ha visto alguna vez, pude ir tirando durante doce preciosas horas, pero, al menos, al final pude conjeturar que habÃa salido del apuro. DifÃcilmente puede usted hacerse una idea de lo que tal cosa significaba con aquella peste y con aquel calor. No creo que a ninguno de ellos se le ocurriera que habÃa un hombre dentro. Yo era sencillamente un maravilloso y espléndido Ãdolo de cuero que habÃa surgido felizmente del agua. ¡Pero la fatiga! ¡El calor! ¡La insufrible falta de ventilación! ¡El hedor de la goma y el ron! ¡Y la bulla! Encendieron un apestoso fuego en una losa de lava que habÃa delante de mà y echaron un montón de inmundicias sanguinolentas —las peores partes de lo que ellos estaban engullendo, ¡los Bestias!— y los quemaron en mi honor. Yo empezaba a tener hambre, pero ahora comprendÃa cómo se las arreglan los dioses para pasar sin comer: les basta con el olor de las ofrendas quemadas a su alrededor. Después trajeron un montón de chismes que habÃan cogido del bergantÃn y, entre otros chismes —lo cual fue un gran alivio para m×, descubrà esa especie de bomba neumática que se empleaba para el asunto del aire comprimido, y a continuación un grupo de jóvenes y jovencitas entró en escena y se pusieron a danzar a mi alrededor de forma un tanto indecente. Es sorprendente comprobar las maneras tan diferentes que tienen los distintos pueblos de mostrar respeto. Si hubiera tenido un hacha a mano, la habrÃa emprendido contra todos ellos: tal era el salvajismo que me inspiraban. Durante todo ese tiempo permanecà tan rÃgido como un regimiento, sin que se me ocurriera nada mejor que hacer. Y al final, cuando cayó la noche y el recinto de zarzas que constituÃa la casa del dios se tornó demasiado oscuro para su gusto —ya sabe usted que todos estos salvajes tienen miedo a la oscuridad— lancé un «Muu» ruidoso y ellos hicieron unas grandes hogueras en el exterior y me dejaron solo y en paz en la oscuridad de mi choza, libre para desatornillar mis ventanillas y reflexionar, y para sentirme tan mal como me diera la real gana. Y ¡Dios mÃo! Estaba fatal.