El Dios Jimmy Goggles

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»Me sentía débil y hambriento, y mi cabeza funcionaba como un escarabajo en un alfiler: una tremenda actividad y, al final, nada. Vueltas y vueltas para volver al punto de partida. Estaba apenado por los otros compañeros; unos terribles borrachos, es cierto, pero que no merecían semejante destino. Y la imagen del joven Sanders con la garganta atravesada por la lanza no se me iba de la cabeza. Y también le daba vueltas al asunto del tesoro escondido en el Pionero del Océano y en el modo de sacarlo de allí y ocultarlo en un lugar más seguro para escaparme y volver por él. Y además estaba el problema de conseguir algo de comer. Le aseguro que era un completo desvarío. No me atrevía a pedir comida valiéndome de señas por miedo a comportarme de forma excesivamente humana, así que continué sentado allí, hambriento, hasta que se aproximó el amanecer. Entonces la tribu se quedó algo tranquila y, como me era imposible resistir más tiempo, abandoné el recinto y me procuré unas cosas parecidas a alcachofas que había en un cuenco y un poco de leche agria. Lo que sobró, lo coloqué entre las otras ofrendas para darles una pista sobre mis gustos. Por la mañana vinieron a adorarme y me encontraron sentado, rígido y respetable, encima de su anterior dios, tal como me habían dejado cuando se hizo la noche. Yo me había recostado contra el pilar central de la choza y estaba prácticamente dormido. Y así es como llegué a ser un dios entre los paganos; un dios falso y blasfemo, sin duda, pero no siempre puede uno permitirse el lujo de elegir.


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