El Hombre invisible

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Capítulo XIII. El señor Marvel presenta su dimisión

Al atardecer, cuando Iping volvía tímidamente a la normalidad, un hombre bajito rechoncho, que llevaba un gastado sombrero de seda, caminaba con esfuerzo por la orilla del hayedo de la carretera de Bramblehurst. Llevaba tres libros atados con una especie de cordón elástico y un bulto envuelto en un mantel azul. Su cara rubicunda mostraba preocupación y cansancio; parecía tener mucha prisa. Le acompañaba una voz que no era la suya, y, de vez en cuando, se estremecía empujado por unas manos a las que no veía.

—Si vuelves a intentar escaparte —dijo la voz—, si vuelves a intentar escapar…

—¡Dios santo! —dijo el señor Marvel—. ¡Pero si tengo el hombro completamente destrozado!

—… te doy mi palabra —dijo la voz—. Te mataré.

—No he intentado escaparme —dijo el señor Marvel, echándose casi a llorar—. Le juro que no. No sabía que hubiese una curva. ¡Eso fue todo! ¿Cómo demonios iba a saber que había una curva? Y me dieron un golpe.


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