El Hombre invisible
El Hombre invisible Al atardecer, cuando Iping volvÃa tÃmidamente a la normalidad, un hombre bajito rechoncho, que llevaba un gastado sombrero de seda, caminaba con esfuerzo por la orilla del hayedo de la carretera de Bramblehurst. Llevaba tres libros atados con una especie de cordón elástico y un bulto envuelto en un mantel azul. Su cara rubicunda mostraba preocupación y cansancio; parecÃa tener mucha prisa. Le acompañaba una voz que no era la suya, y, de vez en cuando, se estremecÃa empujado por unas manos a las que no veÃa.
—Si vuelves a intentar escaparte —dijo la voz—, si vuelves a intentar escapar…
—¡Dios santo! —dijo el señor Marvel—. ¡Pero si tengo el hombro completamente destrozado!
—… te doy mi palabra —dijo la voz—. Te mataré.
—No he intentado escaparme —dijo el señor Marvel, echándose casi a llorar—. Le juro que no. No sabÃa que hubiese una curva. ¡Eso fue todo! ¿Cómo demonios iba a saber que habÃa una curva? Y me dieron un golpe.
