El Hombre invisible
El Hombre invisible Echó un poco de carbón en la chimenea y colgó el abrigo en un tendedero. «Y, ¡esas gafas!, ¡parecía más un buzo que un ser humano!». Tendió la bufanda del visitante. «Y hablando todo el tiempo a través de ese pañuelo blanco…, quizá tenga la boca destrozada», y se volvió de repente como alguien que acaba de recordar algo: «¡Dios mío, Millie! ¿Todavía no has terminado?».
Cuando la señora Hall volvió para recoger la mesa, su idea de que el visitante tenía la boca desfigurada por algún accidente se confirmó, pues, aunque estaba fumando en pipa, no se quitaba la bufanda que le ocultaba la parte inferior de la cara ni siquiera para llevarse la pipa a los labios. No se trataba de un despiste, pues ella veía cómo se iba consumiendo. Estaba sentado en un rincón de espaldas a la ventana. Después de haber comido y de haberse calentado un rato en la chimenea, habló a la señora Hall con menos agresividad que antes. El reflejo del fuego rindió a sus grandes gafas una animación que no habían tenido hasta ahora.
—El resto de mi equipaje está en la estación de Bramblehurst —comenzó, y preguntó a la señora Hall si cabía la posibilidad de que se lo trajeran a la posada.
Después de escuchar la explicación de la señora Hall, dijo:
—¡Mañana!, ¿no puede ser antes?