El Hombre invisible

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Capítulo XIV. En Port Stowe

Eran las diez de la mañana del día siguiente, y el señor Marvel, sin afeitar y muy sucio por el viaje, estaba sentado con las manos en los bolsillos, y los libros, en un banco, a la puerta de una posada de las afueras de Port Stowe. Parecía estar nervioso e incómodo. Los libros estaban al lado, atados con un cordel. Habían abandonado el bulto en un pinar, cerca de Bramblehurst, de acuerdo con un cambio en los planes del hombre invisible. El señor Marvel estaba sentado en el banco y, aunque nadie le prestaba ninguna atención, estaba tan agitado que metía y sacaba las manos de sus bolsillos, con movimientos nerviosos, constantemente.

Cuando llevaba sentado casi una hora, salió de la posada un viejo marinero con un periódico, y se sentó a su lado.

—Hace un día espléndido —le dijo el marinero.

El señor Marvel lo miró con cierto recelo.

—Sí —contestó.

—Es el adecuado para esta época del año —siguió el marinero, sin darse por enterado.

—Ya lo creo —dijo el señor Marvel.


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