El Hombre invisible
El Hombre invisible En un momento en que estaba distraÃdo de su trabajo, sus ojos se quedaron mirando la puesta de sol detrás de la colina que tenÃa enfrente. Estuvo sentado asÃ, quizá durante un buen rato, con la pluma en la boca, admirando los colores dorados que surgÃan de la cima de la colina, hasta que se sintió atraÃdo por la figura de un hombre, completamente negra, que corrÃa por la colina hacia él. Era un hombrecillo bajo, que llevaba un sombrero enorme y que corrÃa tan deprisa que apenas se le distinguÃan las piernas.
—Debe de ser uno de esos locos —dijo el doctor Kemp—. Como ese torpe que esta mañana al volver la esquina chocó conmigo, y gritaba: «¡El hombre invisible, señor!». No puedo imaginar quién los haya poseÃdo. Parece que estemos en el siglo trece.
Se levantó se acercó a la ventana y miró a la colina y a la figura negra que subÃa corriendo.
—Parece tener mucha prisa —dijo el doctor Kemp—, pero no adelanta demasiado. Se dirÃa que lleva plomo en los bolsillos.
Se acercaba al final de la cuesta.
—¡Un poco más de esfuerzo, venga! —dijo el doctor Kemp.